"El territorio para los pueblos indígenas lo forma no sólo la tierra que pisan y
de la que se nutren con los alimentos y el agua, sino que también está
integrado por otros dos planos: uno situado en el subsuelo y otro en el
ambiente que se respira, donde por ellos fluyen los espíritus de sus muertos; de
ahí que la defensa por cuidar el territorio sea tan amplia y abarque un
concepto mucho más grande del que, de manera habitual y racional, pensamos".
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desdeabajo.info - Por Silvia Arjona Martín. 16 de agosto de 2016.
A
orillas del Río Anchique (Natagaima) Las mujeres indígenas discuten sobre los
retos que se les presentan para defender los territorios - SAM
Una
minga de pensamiento de mayoras, sabedoras y jóvenes indígenas reúne a unas 150
mujeres de toda Colombia para repensar su papel como defensoras del
territorio. El encuentro, realizado en Natagaima (Tolima) del 12 al 14 de
agosto, ha sido organizado por la Coordinación Nacional de Pueblos,
Organizaciones y Líderes Indígenas de Colombia (CONPI) con el apoyo de la
Asociación de Cabildos Indígenas del Tolima (ACIT) y el Movimiento Político y
Social Marcha Patriótica.
Luz Mery Panche, integrante de la Coordinación Nacional de Pueblos,
Organizaciones y Líderes Indígenas (CONPI), habla fuerte y segura mientras
mambea hoja de coca y saborea una pasta marrón oscura que saca cuidadosamente
de un pequeño bote de plástico para que la ayude a liberar las propiedades de
la planta sagrada. Sentada sobre las raíces de uno de los árboles que ofrece
una refrescante sombra a la orillas del río Anchique, en el Centro Sagrado
Painima, a unos siete kilómetros del municipio tolimense de Natagaima, y
vestida con ropa típica de su pueblo nasa del Caquetá, Luz Mery habla para unas
treinta mujeres indígenas de otros pueblos de Colombia sobre la importancia de
repensarse las formas de defensa del territorio y los retos que se les
presentan ante el nuevo panorama social y político en el país.
Es sábado por la mañana y el sol ya calienta en lo alto. Un círculo envuelve
las palabras de Luz Mery en un discurso convincente y esclarecedor que sirve
para introducir el grupo de trabajo llamado “Dialogo de Saberes: las mujeres
indígenas como tejedoras de la identidad, la resistencia y la defensa de la
vida y los territorios en la construcción de una Colombia más allá de la
guerra”, una de las actividades que complementan el primer Diálogo Nacional de
Mayoras, Sabedoras y Jóvenes Indígenas: a cuidar, ordenar y defender la vida
digna y la paz territorial con justicia social, organizado por la CONPI con la
colaboración de la Asociación de Cabildos Indígenas del Tolima (ACIT) y de
Marcha Patriótica, y en el que han participado unas 150 mujeres indígenas de
toda Colombia.
Luz Mery repasa las luchas de los pueblos indígenas Nasa, Wayüü, Awá, Inga,
Misak, Zenú y Pijao, éste último uno de los más resistentes a las invasiones
foráneas que ha tenido Colombia a lo largo de su historia. La intención es demostrar
que no son un grupo aislado que sólo se dedica a cuidar la naturaleza, sino que
hasta son capaces de coger las armas para defender su territorio, “y eso es
nuestra historia y no puede avergonzarnos porque forma parte de nuestra
dignidad”, exclama con orgullo evocando, por un instante, el espíritu de la
Cacica Gaitana, heroína indígena del siglo XVI que lideró a sus pueblos para
combatir contra la invasión de los españoles allá por los años 1539 y 1540.
Reflexiona con detalle cómo los pueblos indígenas trabajan la defensa del
territorio desde lo jurídico, lo político y lo cultural haciendo un pequeño
recorrido histórico de todos los logros conseguidos con la intención de seguir
caminando por esos rumbos, pero partiendo de las necesidades actuales de cada
uno de los pueblos indígenas del país. Y es que las mujeres indígenas
presentan el reto de recuperar el papel como defensoras, cuidadoras,
ordenadoras de sus cuerpos, la familia, la comunidad y el territorio. “Retos
que nos pensamos desde el fogón para recuperar el sentido del movimiento
indígena, el cual ha sido desviado de su espíritu por aquellas políticas
neoliberales que han fraccionado y debilitado nuestro proceso de lucha y
resistencia milenaria”.
El territorio para los pueblos indígenas lo forma no sólo la tierra que pisan y
de la que se nutren con los alimentos y el agua, sino que también está
integrado por otros dos planos: uno situado en el subsuelo y otro en el
ambiente que se respira, donde por ellos fluyen los espíritus de sus muertos; de
ahí que la defensa por cuidar el territorio sea tan amplia y abarque un
concepto mucho más grande del que, de manera habitual y racional, pensamos.
Asimismo, no sólo se plantean como territorio el de sus resguardos, sino
también el que ocupa toda Colombia e incluso toda América, por lo que su lucha
por proteger, cuidar y sanar las relaciones entre los humanos y la naturaleza
cobra unas extensas dimensiones dignas de ser reconocidas y puestas en
prácticas.
Pero los pueblos indígenas no quieren luchar solos en esta pelea global sino
que saben de la importancia de integrar a otros pueblos y entretejer redes de
unidad, fraternidad y apoyo mutuo puesto que el territorio es algo compartido.
“Cuando los afros, el campesinado o la gente de la ciudad está en situaciones
críticas también yo lo estoy porque si el vecino no está bien, yo no puedo
estar bien. Si el vecino está mal yo estoy en riesgo”, comenta Luz Mery con
afecto y refiriéndose con la palabra “riesgo” a la, cada vez más patente,
extinción de los pueblos indígenas debido a los muchos desplazamientos del
campo a la ciudad vinculados con el conflicto social y armado colombiano. De
los dos millones de indígenas que hay en el país aproximadamente, casi el 25%
están desplazados en las urbes y sin territorios a los que volver, lo que
impide seguir fortaleciendo la cultura, la identidad, el idioma y los usos y
costumbres, por lo que todo ello hace que la defensa del territorio sea algo
fundamental para su esencia vital.
Además de esto, otra de las amenazas más fuertes que afecta al desarrollo de
los pueblos ancestrales de Colombia es la explotación mineroenergética, que
perjudica a la tierra y sus fuentes acuíferas. En algunos de los títulos
mineros están grandes multinacionales como Anglogold Ashanti, especialmente
situada en la zona alta de la Cordillera central, “aunque son muchas las
fachadas que utilizan para, primero, hacer los estudios pertinentes y, después,
explotar la zona”, explica Ancízar Ibarra, indígena pijao de Natagaima y
miembro de la CONPI que está acompañando a todas las mujeres participantes del
encuentro. Asimismo, otra amenaza a destacar es el tipo de economía que se
viene implementando en el estado colombiano que se fundamenta en no asegurar la
producción alimentaria nativa, provocando que desaparezcan las semillas y
beneficiando la entrada de productos extranjeros que muchas veces son
transgénicos.
Por ello, tras reflexionar sobre los problemas y retos que presentan las
mujeres indígenas para con sus comunidades, se realiza un intercambio de
semillas para perpetuar sus alimentos. El trueque se hace sobre todo entre
granos de maíz, debido a la gran variedad que existen y a que estas semillas
amarillentas, marrones, blancas y negras son el alimento base de la dieta
colombiana y se utilizan para hacer arepas, condimentar un ajiaco o elaborar la
chicha, esa bebida sagrada indígena que no falta en ningún encuentro
comunitario, como en éste, que es repartida en distintos momentos.
El tejido de la vida
Herminia
Chocué teje la vida con hilo de cabulla. Por: SAM.
Herminia Chocué Latacué es indígena nasa y lideresa de su comunidad. Ha hecho
un largo periplo de veinte horas en autobús desde su resguardo Nasaú, en
Ipiales (Nariño), hasta llegar a Natagaima. Tiene 59 años, viste con ropa
típica de su pueblo de muchos colores y luce siempre una gran sonrisa donde se
aprecia una mezcla de sabiduría y humildad que la hacen una mujer hermosa. Se
distrae tejiendo una mochila de cabuya que cose con sus manos todo el tiempo
aunque en realidad -dice- lo que teje es la vida. Afirma no saber leer ni
escribir, pero tampoco lo ha echado en falta porque sabe escuchar a la Pacha
Mama e interpretar sus quejas como si de una bióloga se tratara. Habla con ella
todos los días, la reza con cánticos, aromas y flores mientras practica sus rituales
ancestrales alrededor de un círculo hecho de semillas y plantas. Usa el agua
para limpiar el aurea y el aroma de algún incienso para purificar las energías.
En cada una de sus intervenciones a lo largo de los tres días de encuentro
interviene primero en su lengua materna y luego en español, y en todas ellas
asegura con resignación que se han perdido los usos y costumbres de sus pueblos
y que las generaciones más jóvenes ya no se interesan por la cultura indígena,
por lo que se plantea tomar partido al respecto y buscar soluciones entre
todas. Le preocupa también cómo el cambio climático está afectando a las
tierras y a la producción de los alimentos, y cómo las fuentes acuíferas, que
forman parte de lo sagrado, están despareciendo por la contaminación o por los
desvíos intencionados de las empresas extractivistas.
Herminia sabe que las mujeres son la columna vertebral de sus comunidades a
través de las cuales se fortalecen los lazos de unidad, solidaridad,
fraternidad y compromiso, por lo que su palabra y sus decisiones deben ser cada
vez más tenidas en cuenta. Es por ello que ansía llegar a su refugio para
contagiar a todas las mujeres que la forman sobre lo trabajado estos tres días
en Natagaima y seguir en la necesidad de sumar las luchas femeninas y
feministas entre todos los pueblos ancestrales.
A pesar de que aún existen muchos obstáculos relacionados a la domesticidad en
la que están atrapadas las mujeres, tanto en sus hogares, como en el trabajo
reproductivo invisibilizado y en las responsabilidades del cuidado de la
familia y de la comunidad, existe un nivel de conciencia muy importante acerca
del papel que todas ellas ocupan en la sociedad de cara a cómo poner solución a
ciertas problemáticas sociales, pero también a la situación política actual que
envuelve a Colombia.
Para Yiya Sandoval, que hace parte del Equipo Nacional de Mujeres de Marcha
Patriótica, “su condición de mujeres pone de manifiesto la relación que existe
entre su cuerpo y el cuerpo- territorio, de ahí que pongan sobre la mesa la
necesidad de fortalecer el pensar no sólo en el territorio que ocupan, sino
también en el del país completo y en el del continente Abya Ayala. Así como
reflexionar en las problemáticas que atraviesan y manifestar su total
disposición para fortalecer las luchas políticas que tenemos hoy por hoy como
pueblos indígenas en defensa de su territorio, su cultura y el ambiente; pero
también, el apoyo a los diálogos en La Habana, y elcompromiso de prepararnos
para un proceso de movilización e implementación que va a ocurrir posterior a
la firma de los Acuerdos de Paz y donde las mujeres sí o sí juegan un papel
determinante en la contención de las comunidades y en los vínculos que ellas
tienen con sus pueblos”.
Sí al plebiscito
Los pueblos indígenas colombianos han venido participando del proceso de
diálogos entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC-EP con el fin de
que el enfoque étnico estuviera presente en cada uno de los acuerdos. Es por
ello que en este primer encuentro de mujeres indígenas que cuidan y apuestan
por una vida digna y una paz territorial con justicia social se ha ratificado
el SÍ en el plebiscito, que se prevé celebrar una vez se firme el acuerdo
final, como herramienta principal para construir territorios de paz, lo que
para todas ellas significa el equilibrio y la armonía en la relación con la
Madre Naturaleza y la garantía de condiciones para una vida digna de los
territorios y de las comunidades.
La forma de pensar no occidental de los pueblos ancestrales incide en esa idea
de comunidad o de comunismo primitivo que es la esencia que se busca con estos
acuerdos, lo que para Sandoval significa “el lugar común, el vínculo que nos
hace luchar por transformaciones estructurales del tipo político, social,
económico y cultural”.
Un ejemplo de ello es cómo algunos resguardos indígenas, como los de Burao,
Caldono, Pioyá y Pueblo Nuevo, en el departamento del Cauca, van a ofrecer su
territorio para las Zonas Veredales Transitorias para la Normalización (ZVTN),
que buscan garantizar el cese bilateral el fuego y de hostilidades de manera
definitiva y que las FARC dejen las armas. “Cada uno de estos resguardos
indígenas han hecho valer su autonomía y autoridad tradicional que les compete
y han decidido hacer una puesta por la paz verídica”, explica Carlos Campo, del
resguardo indígena San Lorenzo, en el Cauca, que hace parte de la comisión de
comunicaciones del CONPI y que ha querido acompañar a las mujeres de su
resguardo hasta Natagaima, tras un largo viaje de veintidós horas en chiva.
Según este joven que luce una camiseta roja de Juventud Rebelde y muestra mucha
seguridad en lo que dice, “más allá de los posibles beneficios que esta
decisión puede traer a la comunidad indígena, lo que pretendemos es apostarle a
la paz y poner en valor la frase que solemos decir de cuenten con nosotros para
la paz. Y es que la paz no es simplemente el cese al fuego, sino que es una
construcción social y como movimiento indígena tenemos aún más que valer
nuestros derechos, por medio de la protesta, por medio de la movilización,
haciendo entender que estamos presentes y preparados para la paz”.
Después de tres días de minga de pensamiento liderada por mayoras, sabedoras y
jóvenes indígenas con capacidad de liderazgo, empoderadas y con voluntad de
transformar las dinámicas sociales y comunitarias que están contribuyendo a
perder sus raíces, identidades y cultura, se ha dejado evidencias de que el
movimiento indígena cuenta con toda la autoridad moral, material y libertaria
para poder enseñar al resto de culturas cómo se deben organizar para la defensa
del territorio y de la Madre Tierra, y cómo deben resguardar y mantener el
traspaso de la sabiduría a las generaciones más jóvenes, las que van en
realidad a vivir la paz con justicia social que todos los pueblos de Colombia
están esperando.